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XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. (Sb 2, 12. 17-20; Sal 53; Sant 3, 16-4, 3; Mc 9, 30-37)

 
 
P. Ángel Moreno de Buenafuente.

ACOSO Y TENTACIÓN

Profesar la fe cristiana no es un placebo, ni una fórmula mágica para tener un  seguro contra toda inclemencia. Por el contrario, los seguidores de Jesús debieron de quedar desconcertados desde el primer momento al tener pensamientos pretenciosos de querer hacer del Maestro un jefe político con el que ganar el poder y alcanzar cotas de seguridad.

En un principio, el discípulo se escandaliza de lo que dice Jesús acerca de Sí mismo, que tiene que sufrir. Ve en ello su propio destino, y la naturaleza rehúye todo lo que significa sufrimiento, dolor o contrariedad. Sin embargo, el signo cristiano por excelencia es la Cruz, no como amenaza, sino como llave para experimentar la salvación. 

Los discípulos del Nazareno no estarán en mejores condiciones que su Maestro, pero ellos tienen la seguridad de la palabra dada por Jesús. Ya desde las profecías del Antiguo Testamento se adelantaba la imagen del Crucificado: “Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida” (Sb 2, 12). Los salmos, en muchas ocasiones, reiteran el padecimiento del justo, que en visión cristológica profetiza al Señor: “Unos insolentes se alzan contra mí, y hombres violentos me persiguen a muerte, sin tener presente a Dios” (Sal 53).

En muchos lugares, este domingo coincide con celebraciones en honor del Santo Cristo, por la cercanía al 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Cruz. La liturgia de la Palabra nos propone el misterio glorioso de la Pasión y Resurrección del Señor, de su Cruz exaltada, cuando Jesús advierte a los discípulos que aquel que comparta su pasión, participará de su resurrección. “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará” (Mc 9, 35).

Si nos fijamos en la enseñanza del apóstol Santiago, vemos que la persecución nos puede sobrevenir no solo desde fuera y de forma violenta, sino que entre los mismos creyentes cabe sufrir la cruz de la intriga, del descrédito, de los bandos ideológicos, comportamientos que conllevan mucho dolor. El apóstol advierte: “Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males” (Sant 3, 16).

Vivimos momentos propicios para acrisolar la fe, purificar la razón del seguimiento evangélico, testimoniar la coherencia cristiana, y para estar advertidos de los peligros externos e internos que acechan a quienes desean avanzar por la misma ruta que el Maestro.
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XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, “B” (Is 50, 5-9ª; Sal 114; Sant 2, 14-18; Mc 8, 27-35).

 
 

P. Ángel Moreno de Buenafuente.

EL RETO DE LA CONFIANZA
Las lecturas de hoy nos disponen a la confianza, y no porque uno sea de carácter optimista, y vea por ello las cosas de manera positiva, sino porque se funda en la Palabra del Señor, en la fidelidad de Dios a su propia promesa. También lo digo en parte por mi experiencia creyente, porque he vivido acontecimientos en los que he sentido la mano del Señor. Así lo expresa el profeta: “Mirad, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?” (Is 50, 9).

Te puede parecer arenga barata, para aguantar lo insufrible; puedes creer que mis consejos son palabras de vendedor ambulante, que vocea su mercancía con ganas de aliviar su peso. Pero no, la razón de invitarte a la confianza no es por descargarme yo, sino para decirte que es posible caminar ligero, a pesar de la prueba, de la debilidad, del sentimiento de impotencia. El salmista se ofrece como testigo: “El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó” (Sal 114).

Jesús no nos engaña, no nos invita con discursos halagadores, ni utiliza la ley de la sugestión cautivadora para atraer hacia su persona y hacia su proyecto. Por el contrario, desde el principio muestra la dureza del camino del seguimiento, aunque revela un secreto al que se debe dar fe, para que se convierta en la clave del discípulo: la confianza en la palabra del Maestro, fiarse de Él, saber que no engaña, y que si propone llevar la cruz, o renunciar a lo que nos parece necesario, no es porque le guste hacernos sufrir, sino porque detrás de la prueba viene el alivio; detrás del despojo se experimenta el regalo; detrás de la negación, acontece el don.

El Evangelio es Buena Noticia, pero a su vez se nos presenta en clave paradójica, porque perder es ganar; dar es recibir; la ultimidad es primacía; morir es vivir; renunciar es obtener. No se acierta poniéndose a servir para que nos conviertan en señores; ni  dando uno para que nos devuelvan diez; pero quien se atreve a confiar y a arriesgar en nombre del Señor, no quedará defraudado. 

Las palabras del Evangelio de este domingo concentran el núcleo de la conducta cristiana: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.» (Mc 8, 35). 

De ti depende quedarte atrincherado en tu pobreza, o fiarte de Jesús y seguirlo por el camino que avanza hacia la entrega total, sabiendo que Él es fiel y no te va a exigir más de lo que puedas; por el contrario, te va a dejar gustar del desbordamiento de su gracia, de su ayuda, incluso en acontecimientos sorprendentes que te sucederán y que sabrás interpretar como manifestación de la Providencia divina, más allá de tu esfuerzo o de tu mérito.
¡Atrévete a fiarte de Jesucristo, y síguelo!

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO “B” (Dt 4, 1-4.6-8; Sal 14; Sant 1, 17-18,21-22.27; Mc 7, 1-8.14-15.21.23). RETORNO.

 
 

P. Ángel Moreno de Buenafuente.

RETORNO.
Este domingo, el calendario marca una fecha muy significativa para muchos, el fin de sus vacaciones. Cabe que se instale en el ánimo la tentación de la tristeza, al tener que comenzar de nuevo las tareas costosas, en unos casos, o en otros, la inseguridad laboral. Se le suele llamar “síndrome postvacacional”, y a él hay que enfrentarse como hoy nos aconseja la Palabra.

Los textos litúrgicos reiteran la llamada a escuchar. Así lo encontramos en la primera lectura – “Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar” (Dt 4, 1-2)-, y en el Evangelio: “Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre” (Mc 7, 15).

Es posible que asalte a la mente el aturdimiento por todo lo que hay que preparar al comenzar el curso, y domine el nerviosismo, y hasta el desajuste emocional, que se puede manifestar en irritabilidad, impaciencia o descontrol de carácter. Paradójicamente, a pesar de haber tenido un tiempo de descanso, si no se está advertido, se es víctima del cambio brusco que supone pasar de los espacios naturales a los urbanos; de jornadas sin horario, a tener que madrugar para fichar en el trabajo; de la convivencia amiga, a tener que soportar relaciones laborales difíciles. Y nos sorprendemos con sentimientos que afloran de manera descontrolada y pueden dañar la convivencia.
De alguna forma, cabría glosar la pregunta que se hace el salmista: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?” (Sal 14), y decir: “Señor, quien puede retornar con paz y comenzar con sosiego la tarea, la vida familiar, el regreso a casa?” Y el mismo salmo indica las actitudes de honradez, justicia, respeto, generosidad…

En las circunstancias descritas, la enseñanza del apóstol Santiago parece oportuna: “Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos” (Sant 1, 21-22).

¡Ánimo! No sucumbas en la introversión, tienes ante ti un tiempo nuevo para imprimir el sello de tu bien hacer, y desarrollar los mejores dones, las obras buenas de que eres capaz. Combate todo lo que pueda estorbar la vida de familia. Vigila el corazón. El evangelista señala lo que cabe albergar dentro, si no se vigila: “Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad”.

¡Feliz comienzo de curso!

EL ALIMENTO QUE DA VIDA ETERNA. (Jn 6,51-58). “Quien come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna.” (Jn 6,54).

 
 

Pbro. Lic. Salvador M. González M.

 “Hagan lo mismo en memoria mía” (Lc 22,19; 1Cor. 11,25-26), fueron las palabras con las que Jesús ordenó a sus discípulos celebrar la Eucaristía como “memorial” de su pasión, muerte y resurrección.
 La comunidad primitiva entendió muy bien el mandato de Jesús y desde sus inicios comenzó a celebrar “La Cena del Señor,” como lo muestra el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común… partían el pan en las casas y comían todos juntos alabando a Dios con alegría (2,44-46; cfr. Lc 24,30-32).  Pablo mismo nos da la noticia de que en algunas comunidades (como la de Corinto) la celebración de la Eucaristía se prestaba a desviaciones. Es ahí donde tiene que reafirmar el verdadero sentido de la “Cena del Señor,” como él la llama (1Cor 11,20-32).

 El Evangelio de hoy nos presenta, con un realismo crudo la identificación del “Pan de Vida” con el cuerpo y la sangre del Señor; además señala como requisito indispensable para obtener la vida eterna, comer el cuerpo y beber la sangre de Jesús. Esto es una alusión clara a la práctica eucarística de los primeros cristianos.

 El discurso del “Pan de vida” se sitúa inmediatamente después de la multiplicación de los panes, con esto se nos quiere indicar que Jesús no ha venido a dar cosas, sino a darse Él mismo a la humanidad. De esta manera le está manifestando la plenitud de su amor.

 El discípulo debe tener esta misma actitud: debe considerarse a sí mismo como “pan” que hay que repartir, y de repartir su pan como si fuese él mismo quien se reparte. El discípulo de Jesús debe aprender de su maestro y llegar a ser total donación a los demás. Hacer que la propia vida sea “alimento disponible” para los demás como la de Jesús, repitiendo su gesto con la fuerza del Espíritu que es la de su amor, es la ley de la nueva comunidad cristiana. Se expresa en la Eucaristía, que renueva el gesto de Jesús. En ella se experimenta su amor en el amor de los hermanos y se manifiesta el compromiso de entregarse a los demás como Él se entregó.

 La Iglesia siempre ha considerado a la Eucaristía como “el centro y el culmen de toda la vida cristiana,” teniendo plena conciencia de que no sólo recuerda acontecimientos del pasado, sino que actualiza el sacrificio redentor de Cristo, como afirma San Pablo: “Cada vez que comen de este pan y beben de esta cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que él vuelva” (1Cor 11,26).

 Si creemos realmente en las palabras de Jesús nuestras eucaristías serán manifestación de una vida eclesial auténticamente cristiana, donde se vive la fraternidad, el amor y la ayuda mutua; donde todos nos sentimos aceptados y acogidos; valorados y tomados en cuenta, cada cual de acuerdo a los carismas recibidos.

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. INVITADOS AL BANQUETE. Prov 9, 1-6; Sal 33; Ef 5, 15-20; Jn 6, 51-58)

 
 

P. Ángel Moreno de Buenafuente.

Coincide este domingo con el paso de quincena del mes de agosto, fecha en la que en muchos lugares se celebran fiestas en honor de la Asunción de Nuestra Señora y de San Roque.

Es tiempo de convivencia familiar, de cenas amigas, de celebraciones generosas. En vacaciones gusta el encuentro distendido ante un sorbo de bebida fresca y un aperitivo. 

La Liturgia de la Palabra escoge para este tiempo el discurso del “Pan de Vida”, del Evangelio de San Juan, no solo por completar el texto evangélico más corto, como es el de Marcos, sino por acercarse al ambiente festivo del tiempo de estío.

Según el Cuarto Evangelio, Jesús se convierte en el mejor anfitrión, y da cumplida respuesta a los pasajes sapienciales, clave de interpretación por la que se comprenden muchos escritos del Antiguo Testamento. 

Al leer el párrafo del libro de los Proverbios: “Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia.”» (Prov 9, 6), es fácil recordar las palabras de Jesús en Cafarnaúm: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,56).

La buena mesa no solo se aprecia por los manjares que en ella se sirven, también depende de la conversación y el acompañamiento que se tenga, para que realmente la participación en el banquete se convierta en un momento especial. De ahí que la liturgia haya escogido el verso del salmo: “Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor” (Sal 33), para significar no solo que somos invitados a comer, sino también a la mesa de la Palabra, para conocer la sabiduría del Maestro.
Gracias a la enseñanza aprendida, como señala San Pablo: “Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos” (Ef 5,15), el encuentro rezuma abundancia de manjares, de sabia conversación de la que se deriva el aprendizaje esencial para caminar por el sendero de la vida satisfechos y gozosos.

¿Puedes decir que has participado durante este tiempo en la fiesta del Señor? ¿Has gustado el regalo de la Eucaristía? ¿Has escuchado con sosiego la Palabra de Dios? ¿Te has parado a evaluar el modo de vida y a ver si avanzas de manera sensata?

Posiblemente, aun te queda una quincena de vacaciones o de tiempo hasta empezar el curso. ¡Aprovecha la oportunidad!

JESUCRISTO: PAN BAJADO DEL CIELO.” (Jn 6,41-51). “Cada vez que comen de este pan y beben de esta copa, proclaman La muerte del Señor, hasta que Él vuelva” (1Cor 11,26).

 
 

Pbro. Lic. Salvador M. González M.

 El domingo pasado el tema central del Evangelio era Jesús dador de vida. Ahora, sus adversarios no admiten que un hombre pueda tener origen divino y poseer y dar una vida que no se acaba. Jesús insiste: Él es el dador de vida eterna, por oposición a la que dio el maná, y esa vida se encuentra precisamente en su condición humana (carne), de la que ellos se escandalizan. Nos encontramos ante el escándalo mismo de la encarnación.

 Dios, de distintas maneras había preparado a su pueblo para comprender y aceptar el acontecimiento salvífico de la Encarnación. El Midrash Rabbá de Ex. 13,17 dice: “¿Cuál es la manera acostumbrada? Todo el que compra esclavos los compara con la condición de que ellos lo laven a él, lo unjan, lo vistan, lo carguen e iluminen el camino delante de él. Pero el Santo, bendito sea, no hizo así con Israel, sino que no los condujo el Señor según la manera acostumbrada, sino que Él los lavó como se dijo: “Yo te he lavado con agua.” Y los ungió como se dijo: “Yo te ungí con aceite.” Y los vistió como se dijo: “Yo te vestí de bordados.” (Ez 16,9). Y los cargó como se dijo: “Y los llevé sobre alas de águila.” (Ex 19,4). E iluminó delante de ellos como se dijo: “Y Yahvé caminaba delante de ellos de día y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos” (Ex. 13,21).”

 En toda la tradición rabínica de Israel Dios aparece como el servidor de su pueblo. Esto se predicaba en las sinagogas, se leía en los libros de los rabinos y al pueblo le gustaba escucharlo. Pero cuando Dios decide hacer realidad esto que los rabinos predicaban, el pueblo se escandaliza. Les parece imposible aceptar aquello que sólo era una bonita idea teológica. Pero que Dios en realidad decida hacer un hombre como nosotros, se haga servidor nuestro, y para darnos vida muera, eso ya es otro cantar; y les parecía un imposible, como imposible le parecía a Pedro que Jesús le lavara los pies.

 Los paisanos de Jesús dudan de sus palabras. Lo conocen muy bien y saben de quién es hijo.
“¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo?” Sin embargo, Jesús afirma que si queremos tener la vida eterna es necesario creer en Él y en su Padre que lo ha enviado.

 Si la encarnación causó escándalo, el hecho de que Jesús se haga pan para darnos vida provoca murmuración. Sólo aquellos que escuchan al Padre y aprenden de Él son capaces de entender su plan de salvación y de creer en Jesús. “Jesús es el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.”

 Sólo si aceptamos que Dios se hizo hombre y este hombre se hizo pan de vida, podremos reconocer en el pobre y en el rico, en el que sufre y en el que ríe, en el libre y en el preso, en el abstemio y en el alcohólico, en el joven y en el anciano, el rostro de Jesús.

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. (1Re 19, 4-8; Sal 33; Ef 4, 30-5,2; Jn 6, 41-51). PAN DEL CIELO, PAN PARA EL CAMINO

P. Ángel Moreno de Buenafuente.

Estamos en pleno mes de agosto, etapa del año en la que en el hemisferio norte se disfruta de vacaciones, y sin embargo, también puede ser momento de experimentar lo que dan de sí las cosas, el consumo, el halago de los sentidos, y sufrir la quiebra de la ilusión y del posible proyecto de felicidad, que se habían anticipado.

Puede parecer paradójico, pero es en los tiempos en los que se ve la vida placentera de los otros cuando, si se padece contrariedad, alguna prueba de salud o de necesidad económica, asalta el agravio comparativo y cabe sufrir la tentación de la tristeza.

Sin que sea una experiencia tan dramática, si se ha caminado por la Ruta Jacobea, parábola de la vida, en muchos tramos, bien por la distancia que hay entre los núcleos habitados, bien por el trazado del camino, se ha podido sentir el desfallecimiento. Momentos en los que se anhela una sombra, un sorbo de agua, una tregua en la andadura.

¡Qué bien se entiende este pasaje bíblico en esas posibles circunstancias: “-«¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios” (1Re 19, 7-8).
¡Es tan diferente caminar pensando que uno va solo, desconocido, sobre todo cuando hay que atravesar pasajes difíciles, de tener la certeza de que alguien te acompaña, te aguarda, sabe de tu ruta!
El creyente camina con una certeza, como nos asegura el salmista: “El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él” (Sal 33).

¿Cómo se traducen las secuencias bíblicas de este domingo a nuestra vida? Sin duda, acogiendo el ofrecimiento que nos hace el mismo Jesús. Él se ofrece como compañero de camino y como alimento en la necesidad: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 50-51).

La lectura de la Palabra de Dios, iluminadora de la vida; la participación en los sacramentos del perdón y de la Eucaristía; el tiempo de oración a solas; el encuentro con alguna persona iniciada en el discernimiento espiritual, son verdaderos momentos restauradores.

En este sentido, cada uno podemos convertirnos en ángeles del desierto: “Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo” (Ef 4, 30).

LAS DOS VIDAS. (Jn. 6,22-36). “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mt 16,26).

 
 
Pbro. Lic. Salvador M. González M.

            Comienza la explicación del episodio de los panes. Los que habían comido acuden a Jesús, deseosos de continuar en aquella situación de éxodo, que les aseguraba el sustento sin esfuerzo gracias a la acción de un líder.
 
            Jesús les explica entonces que no basta encontrar solución a las necesidades materiales, sino que hay que aspirar a la plenitud humana y esto requiere la colaboración del hombre. Para ello les propone la diferencia entre dos clases de alimento, que producen dos clases de vida: la pasajera y la definitiva. La condición para obtener la segunda, es creer en Cristo como el enviado del Padre, el verdadero pan del cielo.

            Al igual que los judíos del tiempo de Jesús, son muchos los cristianos que buscan de Dios el sustento diario sin esfuerzo ni compromiso. Ruegan, y hasta veladoras encienden, sacarse la lotería, encontrar un tesoro o heredar al pariente rico. Otros andan agobiados pensando que van a comer, a beber o a vestir, se van al otro extremo, se afanan demasiado por esta vida cuando, por mucho esfuerzo que hagamos, no somos capaces de añadir ni quiera una hora al tiempo de nuestra vida. Hay personas que traban hasta dos turnos, para  ellos no hay día descanso ni vacaciones; sólo piensan en ganar y en ganar dinero. Están tan metalizados que hasta inventaron un refrán: “El tiempo es oro.” Sus triunfos o fracasos los   cuentan de acuerdo a las ganancias o pérdidas que tienen en sus negocios, sus alegrías y tristezas están determinadas por lo mismo. Y lo que es todavía peor, hay algunos que buscan el dinero fácil vendiendo droga, extorsionando, secuestrando, cometiendo fraudes, robando y asesinando.

Hoy Jesús nos invita a reflexionar. Nos afanamos demasiado por esta vida cuando un sola cosa es la importante: ganar la vida eterna, esa vida que no se acaba, la única vida por la que realmente vale la pena empeñar todo nuestro esfuerzo y dedicación y a la que, desgraciadamente, le damos menos importancia.

            “Cuentan que había una vez un avaro que después de haber ahorrado cinco millones de dólares se las prometía muy felices pensando en el estupendo año que iba a pasar haciendo cálculos sobre el mejor modo de invertir su dinero. Pero, inesperadamente, se presentó el ángel de la muerte para llevárselo consigo.

            El hombre se puso a pedir y a suplicar, apelando a mil argumentos para que le fuera permitido vivir un poco más, pero el ángel se mostró inflexible. “¡Concédeme tres días de vida, y te daré la mitad de mi fortuna!” le suplicó el hombre. Pero el ángel no quiso ni oír hablar de ello y comenzó a tirar de él. ¡Concédeme al menos un día, te lo ruego, y podrás tener todo lo que he ahorrado con tanto sudor y esfuerzo! Pero el ángel seguía impávido.

            Lo único que consiguió obtener del ángel fueron unos breves instantes para escribir apresuradamente la siguiente nota: “A quien encuentre esta nota, quienquiera que sea: si tienes lo suficiente para vivir, no malgastes tu vida acumulando fortunas. ¡Vive! ¡Mis cinco millones de dólares no me han servido para comprar ni una sola hora de vida!”

            No de balde el Señor Jesús no dice en el Evangelio de hoy: “No trabajen por el alimento que se acaba, sino por el alimento dura dando una vida sin término, el que les dará el Hijo del Hombre” (Jn 6,27).

LA GENEROSIDAD DIVINA. (Jn 6,1-21). “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hech. 20,35)

 
 

Pbro. Lic. Salvador M. González M.

            Durante los 5 domingos siguientes interrumpiremos el evangelio de Marcos para hacer la lectura del capítulo 6 de Juan. Hay que tener en cuenta que Juan es el Evangelio de los signos, por tanto, los milagros no sólo indican la llegada del Reino de Dios, sino que además, son signos que deben ser reflexionados para descubrir su mensaje.

            Jesús pasa a la orilla opuesta del Mar de Galilea anunciando así su plan: abrir camino para un nuevo éxodo, su pascua liberadora, que lleve al pueblo a una nueva tierra prometida. Acude mucha gente, que ve en la predicación y actuación de Jesús una esperanza. Jesús enfrenta a sus discípulos con el problema de la subsistencia de los que lo siguen en su éxodo: La comunidad, en cuyo centro está Jesús, poniéndose al servicio de los hombres, con su amor manifestado en el compartir, multiplicará el pan y producirá la abundancia; así será señal en medio del mundo.

 La señal realizada por Jesús manifestaba el amor de Dios, que da al hombre independencia y dignidad pero quieren convertirla en estrado de poder y hacerse súbditos suyos proclamándolo rey. Jesús, para impedirlo, se aleja. Los discípulos, defraudados, desertan; pero él los alcanza, manifestando de nuevo el amor de Dios, que no quiere que nadie se pierda.

 Frente a la confianza en el dinero (“Ni doscientos denarios alcanzarían para que a cada uno le tocara un pedazo”), que rige la vida de la sociedad injusta, propone Jesús la eficacia del amor, que multiplica la acción creadora y, con ella, los dones creados. El acaparamiento, que se opone al amor, frustra la obra creadora y crea la necesidad. El amor, expresado, en el compartir generoso, hace crecer al hombre, devolviéndole su dignidad e independencia.

            La comunidad cristiana tiene como misión hacer visible la generosidad divina a través de la propia generosidad. Tal es el sentido de su vida, que se expresa y se celebra en la Eucaristía.

             Sin embargo, no hemos entendido el mensaje de Jesús ni la enseñanza que Dios nos ha dado a lo largo de la historia de la salvación. Estamos muy acostumbrados a confiar en nuestras propias fuerzas y en la seguridad del dinero. Egoístamente pensamos en satisfacer solo nuestras necesidades y nos olvidamos de los demás; nos ataca la idea de que es imposible poder remediar la indigencia de tanta gente: “Tenemos cinco panes de cebada y dos pescados secos; pero ¿qué es eso para tanta gente?”

            La viuda de Sarepta pensaba de igual forma cuando el profeta Elías le pidió un pedazo de pan. “No tengo pan,” fue su respuesta. “Voy a hacer un pan para mí y mi hijo, nos lo comeremos y luego moriremos.” Elías la invita a ser generosa, pues Dios tiene una promesa para los desprendidos: “La vasija de harina no se vaciará…” (cf. 1Re 17,12-14). La promesa de Jesús es la misma. Aunque sean pocos los bienes de que disponemos, si somos generosos, comerán todos hasta saciarse y sobrará.


            La dificultad con que tropieza Jesús es la mentalidad de los que persisten en las categorías de poder. Prefieren un Mesías-rey, un déspota bienhechor que les asegure la vida imponiendo su régimen. La eficacia, sin embargo, no se encuentra en el poder de uno que mande, sino en el amor de todos, que hace presente a Jesús como aquel que se pone al servicio del hombre hasta dar su vida.

            La comunidad cristiana debe encarnar en el mundo la generosidad divina. Dios nos ha enseñado a compartir lo poco que tengamos. El amor solidario de los pobres hará que la miseria desaparezca del mundo y comerán todos hasta saciarse: “Y llenaron doce canastos con las sobras de los cinco panes.”

XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. (2Re 4, 42-44; Sal 144; Ef 4, 1-6; Jn 6, 1-15). LA MESA DE LA CREACIÓN

 
 

P. Ángel Moreno de Buenafuente.

En el ciclo “B” del Tiempo Ordinario, por ser el año en el que se proclama el evangelio de San Marcos, que es el más breve de los textos evangélicos, a partir de este domingo se leerá el capítulo sexto del evangelio de San Juan. 

Las palabras de Jesús en el evangelio son a la vez llamada de atención y  profecía de la situación actual, cuando les advierte a los discípulos, después de dar de comer a la multitud: -«Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.».

El papa Francisco, quien acaba de regalarnos la comprometedora carta encíclica: “Laudato sí”, nos señala en ella: “Sabemos que se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen, y « el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre” (Francisco, Laudato Sí 50). Esta denuncia nos obliga a cada uno, y no solo a las instituciones políticas o económicas.

Escuchamos hoy la orden que da Eliseo a su criado cuando recibe  la ofrenda de veinte panes de cebada: «Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.» Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor. (2 Re 4, 44)”. La imagen coincide con el gesto de Jesús ante la multitud, con los cinco panes de cebada: “Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado” (Jn 6, 11). Deberíamos sentir por un lado, la responsabilidad sobre la administración de los bienes y por otro lado, el escándalo por la cultura del consumismo y del despilfarro, cuando tantos pasan hambre.

Al meditar la Palabra, nos tendría que invadir la compasión, como a Jesús, y movernos a introducir en nuestros hábitos, al tiempo que la austeridad, la opción de compartir, sintiendo el grito de los más pobres. “Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente” (Sal 144).

Los textos bíblicos que hoy se proclaman,  si los leemos en clave material tienen una dimensión social, que no deberemos obviar: hay una gran necesidad de pan en el mundo. Y también contienen una dimensión sacramental, al interpretarlos en clave eucarística, como lo hace el Papa en su encíclica: “La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración. En el Pan eucarístico, « la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo ».167 Por eso, la Eucaristía es también fuente de luz y de motivación para nuestras preocupaciones por el ambiente, y nos orienta a ser custodios de todo lo creado” (Ls 236).

Seamos solidarios, a la vez que contemplativos. Participemos en la mesa santa, a la vez que compartimos el pan cotidiano.