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II DOMINGO DE ADVIENTO. (Bar 5,1-9; Sal 125; Filp 1,4-6. 8-11; Lc 3, 1-6)

 
 

P. Ángel Moreno de Buenafuente.

LLAMADA A LA ALEGRÍA

Puede parecer una invitación algo sarcástica la propuesta que hoy nos hace la Palabra, si tenemos en cuenta el ambiente de inseguridad, violencia y miedo que se está extendiendo en la sociedad a causa del terrorismo.

Y sin embargo, es el momento más oportuno para elevar la voz esperanzada como ofrecimiento, o pequeña semilla, parábola que anime, testimonio de fe.

Acabo de llegar de Jerusalén, donde he peregrinado, como cada año, con un buen grupo de amigos, y uno de los días, al rayar el alba, nos echamos a las calles entonando el cántico de los peregrinos: “¡Qué alegría cuando me dijeron!”, e inundando las bóvedas de las calles enclaustradas con el deseo de paz para todos los habitantes de la Ciudad Santa: “Desead la paz a Jerusalén, haya paz dentro de tus muros”. Y sentíamos que ese canto era nuestra pequeña contribución contra el ambiente violento.

El profeta Baruc nos ofrece su visión: “Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te da”. Y el salmista se hace eco, en la memoria de la acción providente que realizó Dios con su pueblo: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares”. 

Da alegría traer a la memoria a tantas personas de buena voluntad que en medio de noticias terribles permanecen serenas. San Pablo testimonia: “Siempre que rezo por todos vosotros, lo hago con gran alegría”, expresión que nos permite el gozo interior por la certeza de que hay muchos que,  de manera discreta, anónima y humilde hacen posible la convivencia social y familiar, que nos permite, al orar, sentir la comunión con quienes son motivo de esperanza. 

El Evangelio de San Lucas nos brinda la mayor razón de alegría cuando nos adelanta: “Todos verán la salvación de Dios”. A las puertas del Año de la Misericordia, tiempo de gracia, las lecturas de este domingo nos anticipan la acogida gozosa al ofrecimiento que el papa Francisco nos hace a los creyentes, a la vez que nos invita a convertirnos en mediadores de paz, de alegría, de perdón, de misericordia, con lo que se difundirá la razón de cantar, y de sentir, a pesar de todo, la esperanza.

Podemos sumarnos a los que se dejan contagiar por el pesimismo o, por el contrario, a quienes se atreven, en medio de la dificultad, a anticipar tiempos de bonanza, porque se convierten ellos mismos en sembradores de paz.
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“ADVIENTO: TIEMPO DE ESPERA VIGILANTE.” (Lc 21,25-28.34-36). “Velen porque no saben el día en que llegará su Señor” (Mt 24,42).

 
 

Pbro. Salvador M. González M.

            Una vez más estamos en el tiempo de Adviento, el tiempo de la espera, el tiempo que invita a levantar la cabeza e impedir que la esperanza se acabe no obstante que la llegada del “Novio” se retrase. 1985 años esperando su retorno y la fe sigue viva y la esperanza firme, porque creemos en su promesa, porque sentimos su presencia de “Emmanuel” (Dios con nosotros) en el caminar de la Iglesia.

            Ése es el sentido de las fiestas: recordar el origen para poder ver con claridad la meta y no desfallecer en el caminar. Aquél que se hizo hombre por amor a nosotros, que anunció el Reino de Dios y lo inauguró con su muerte y resurrección volverá a llevar a plenitud el Reino inaugurado por El  y que la Iglesia poco a poco ha ido tomando posesión de él en su caminar por la historia.

            El Evangelio de Lucas, que la liturgia de este domingo nos presenta para nuestra reflexión, va en esta misma línea. El lenguaje apocalíptico de las transformaciones cósmicas que tanto miedo suelen provocar en algunos cristianos indica solamente el dominio absoluto de Dios en la naturaleza y en la historia de los hombres. La transformación del sol, la luna y las estrellas y la indicación de que las potencias celestes se tambalearán expresan la transformación radical de la historia del hombre y del ambiente en el cual dicha historia se desenvuelve. La presencia activa de Dios que en ellas se inicia lleva al mundo hacia la meta de una novedad desconocida. El mundo debe cambiar, cambiará, está ya cambiando bajo el influjo de Dios que se implica en la historia humana.

            Los que no creen, los que no esperaban; ante estas transformaciones desfallecerán de miedo. En cambio los creyentes recibirán con alegría y gozo la llegada del Hijo del Hombre, lleno de gloria y majestad porque saben que ha llegado el momento de su liberación. El momento de la desaparición de todas las fuerzas negativa contrarias al hombre: “Mira la morada de Dios entre los hombres: morará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará  con ellos. Les enjugará las lágrimas de los ojos. Ya no habrá muerte, ni pena, ni llanto, ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado…En cambio los cobardes e incrédulos, los depravados y asesinos, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y embusteros de toda clase tendrán su parte en el foso de fuego y azufre ardiente (que es la segunda muerte) (Apoc. 21,3-4.8)

            Hay dos actitudes ante la venida del Hijo del hombre (este es el significado de la palabra Adviento: venida, llegada). La de aquellos que esperan su llegada con miedo porque saben “lo que se les echa encima”  (v.26), les espera un juicio condenatorio. Y la de aquellos que le esperan con alegría pues saben que el Reino de Dios en plenitud se acerca, cargado de bienes en abundancia.

            Para poder pertenecer al segundo grupo, Jesús nos hace una recomendación: Estar atentos para que la mente no se nos embote con el vicio, las borracheras y las preocupaciones de la vida. Estar vigilantes en oración constante (Cfr. 18,1ss), pidiendo ser dignos de presentarnos ante el Hijo de Dios, con las manos llenas de frutos y con humildad poder decir: “No somos más que siervos, hicimos lo que teníamos que hacer”.

            Que la celebración del Adviento disponga nuestro corazón para acoger al gran Rey que se manifiesta en la debilidad y sencillez de un niño y así nuestra esperanza en su segunda venida, lleno de gloria y majestad, se vea robustecida.

I DOMINGO DE ADVIENTO, “C”. (Jr 33, 14-16; Sal 24; 1Tes 3, 12-4, 2; Lucas 21, 25-28. 34-36)

 
 
P. Ángel Moreno de Buenafuente.

 

NUEVO AÑO LITÚRGICO

Tiempo nuevo que nos ofrece la Iglesia de mano del Evangelio de San Lucas, en coincidencia con el “Año de la Misericordia”, cuyo inicio celebraremos el 8 de Diciembre, día de la Inmaculada, en el 50 aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II.

 El texto de San Lucas se refiere especialmente a la misericordia, tanto en las parábolas, como en los gestos que hace Jesús con los pobres. Este año será ocasión propicia para acompañarnos con la enseñanza lucana.

 Las lecturas de este domingo nos ofrecen un vocabulario esperanzador: “Cumpliré la promesa”. “Se salvará Judá, y en Jerusalén vivirán tranquilos”. “El Señor es bueno”. “Las sendas del Señor son misericordia y lealtad”. “El Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos”. “Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”. 

 Toma una de las frases bíblicas, la que más te haya tocado el corazón, aquella en la que encuentres mayor resonancia: rúmiala, hazla jaculatoria, llévala en la mente mientras vas de camino, recítala como oración, y poco a poco te abrirás a una comprensión mayor del texto, que se convertirá en compañero de camino.

 Personaliza las expresiones, como si te las dijeran a ti personalmente, escucha dentro de ti la promesa de salvación, y atrévete a confesar al Señor: “Tú eres mi Dios y mi Salvador”. 

 Si alguna de las expresiones se ha introducido en tu interior y las has escuchado como dicha al oído de tu corazón, seguro que podrás sentir confianza, y hasta el impulso íntimo de abandonarte a la Providencia divina. 

 Si por lo que sea no sientes vibración alguna, te aconsejo, como hoy nos señala San Lucas: “Levanta la cabeza, mira al horizonte, se acerca nuestra salvación. No estamos destinados a la desesperanza. Mantente despierto, de pie, vigilante, como quien aguarda a alguien amigo.

 Nos va a visitar la Misericordia de Dios, vamos a poder contemplar el rostro del Invisible, hecho visible en el Hijo de María.  Hoy es tiempo de comenzar de nuevo, de interrumpir la posible inercia, de levantarse, porque se acerca nuestra salvación.

XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, “B” (Dan 12, 1-3; Sal 15; Heb 10, 11-14.18; Mc 13, 24-32)

 
 
P. Ángel Moreno de Buenafuente.

RAZÓN DE LA ESPERANZA CRISTIANA

Apoyados en los textos sagrados que se proclaman este domingo, podemos afirmar que no estamos hechos para la corrupción, ni nuestro destino es el polvo. Hemos sido creados para gozar la vida eterna. El salmista canta: “Se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.” (Sal 15). 

El sentido del salmo es sin duda profético, y se refiere a Jesucristo, resucitado de entre los muertos y sentado a la derecha de Dios Padre con gloria. Pero ha sido el mismo Jesús quien se ofreció a sí mismo por los pecados de todos, para que todos podamos gozar de su destino. “Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados”. (Heb 10,14)


La liturgia de la Palabra de este domingo obedece a que celebramos prácticamente el último domingo del Tiempo Ordinario, ya que el próximo será la fiesta de Cristo Rey. Por este motivo, se nos propone a consideración los últimos tiempos, y la perspectiva teológica del final de la representación de este mundo.

Con la figura de Cristo Majestad, que viene sobre las nubes del cielo, se describe el triunfo definitivo del Señor, a quien se le someten todos los seres del cielo y de la tierra. “Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte”. (Mc 13, 27)

El juicio es de Dios, no nos corresponde a nosotros anticipar el veredicto. Según las Sagradas Escrituras, “los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad” (Dn 12, 3). Será el momento de la gran sorpresa, al escuchar de labios de Jesús: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber…” Y estas bendiciones se aplicarán a muchos que pasaron por el mundo haciendo el bien, aun sin saber que se lo hacían a Jesús. 


Los que han caminado por esta vida con la mirada puesta en el rostro luminoso de quien ha dado su vida por nosotros, no han tenido miedo al pensar en el encuentro con Cristo; por el contrario, han anhelado ese momento. Si ante el pensamiento de la vida eterna y del final de los días te intranquilizas, es una llamada a la confianza y al abandono en las manos de Dios, pero a su vez, también, a hacer el bien, porque al final será lo que nos sirva como título de bienaventuranza, gracias a la misericordia divina.

 “Y al despertar, me saciaré de tu semblante” (sal 16). 

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS. (AP 7, 2-4. 9-14; SAL 23; 1 JN 3, 1-3; MT 5, 1-12A)

 
 

P. Ángel Moreno de Buenafuente.

Bienaventurados

A los santos los llamamos “bienaventurados”, y el Sermón del Monte que pronunció Jesús es una referencia evangélica para cuantos desean unirse a la larga procesión de los que, vestidos con túnicas blancas, siguen al Cordero, a Cristo glorioso.

A veces el texto del evangelista san Mateo se emplea para dictaminar quiénes son entre nosotros los justos, y quiénes los que se apartan del canon evangélico, recurso indebido, pues no nos pertenece juzgar a nadie, ni siquiera a nosotros mismos.

Sin duda que cada uno de los títulos por los que a algunos Dios los llamará “benditos”, se pueden aplicar a Jesucristo. Él es el Santo, el Bendito, el que nos ha mirado con corazón limpio, y se ha despojado de su rango, tomando la condición humilde de nuestra naturaleza. Jesús de Nazaret es el manso, el pacífico. Él ha padecido el juicio injusto, y ha sido perseguido hasta el extremo de ser condenado a muerte.

En Jesucristo tenemos el modelo de santidad, y es Él quien nos produce la sana emulación cuando nos invita al seguimiento, a tomar nuestra cruz y a ir detrás de Él, no como adeptos, sino como discípulos y verdaderos amigos suyos.

La santidad es una vocación bautismal, y a la vez un fruto por haber vivido la misericordia. En otro lugar del mismo Evangelio de san Mateo, se nos ofrece el veredicto divino, que eleva a bienaventurados a todos los que han practicado la misericordia con sus prójimos, aunque no lo hayan hecho por ser bautizados.

Si el verdaderamente Bendito es Jesucristo, también es el Misericordioso. En Él se nos revela el rostro de la misericordia divina. Quienes deseen seguir al Señor como discípulos y amigos suyos, tienen en las “Bienaventuranzas”, y en las “Obras de Misericordia” el código que deben seguir.

Tú y yo tenemos la llamada a ser felices, dichosos, y el Evangelio nos revela la forma de serlo ya en esta vida, de forma paradójica, porque los que pierden, ganan; los que lloran, reirán; los que se dan y se niegan a sí mismo por amor, se afirman. La prueba la tenemos en el Crucificado, Resucitado.

Una pauta para vivir la vocación esencial cristiana es creer en la persona de Jesucristo por habernos encontrado con Él, mantenernos confiados en su Palabra, y entregados al bien hacer por amor.

Y hoy, además, felicidades, porque también es tu santo, tu fiesta.

XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. DOMINGO MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS MISIONES. Is. 60,1-6; Heb. 4,14_16; Mc. 10,35-45.

 
 

P. Ángel Moreno de Buenafuente.

EN LAS MANOS DE DIOS

Suele ser normal, al principio de curso, hacer proyectos, marcar objetivos, programar acciones para evaluar resultados. Y cuando cumplimos los objetivos y realizamos las actividades programadas nos sentimos satisfechos.

Es bueno, mientras no se escucha la voz interior, seguir la disciplina de un  posible programa, pero hay realidades que no son fruto de la realización de un proyecto, sino de la obediencia al plan que Dios revela de diversas maneras, bien con mociones interiores, en los acontecimientos,  bien con una sorprendente providencia que conduce como de la mano. El profeta afirma: “Lo que el Señor quiere prosperará por su mano” (Is 52,13). A la vez que trabajamos en los distintos objetivos, esta experiencia debe darnos confianza y sensibilidad para averiguar lo que Dios quiere.

Es natural que al ver realizados nuestros deseos sintamos alegría, pero no siempre lo que Dios quiere pasa por el éxito mundano. Con frecuencia la voluntad divina se manifiesta en la paradoja de la Cruz. “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” (Mc 10, 45).

El autor de la carta a los Hebreos nos invita a poner nuestros ojos en el Trono de gracia -“Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente” (Hbr 4, 16), que no es, como podría parecer, la sede lujosa, sino la Cruz de Cristo.

El creyente no desea otra cosa que colaborar con el plan divino, y cuando pone su afán en diversas tareas, siempre debe condicionar el esfuerzo a la coincidencia con la gracia, para no hacer del seguimiento evangélico, o de la evangelización un proyecto pretencioso.  El salmista recomienda la actitud adecuada: “Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo” (Sal 32).

Este planteamiento choca con el que tenían los discípulos de Jesús, cuando discutían por los primeros puestos, y en ello cifraban el logro o el fracaso. ¡Cuántas veces los éxitos nos llevan a un personalismo inadecuado! El Maestro les indica la participación necesaria en su Cáliz, que no es otro que el dar la vida por amor a los demás.

Todo proyecto que busque la realización personal, aunque sea honesto, puede caer en el error de los Zebedeos, cuando le pidieron a Jesús: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Mientras que los que buscan el plan de Dios, no pretenden otra cosa que entregar la vida.

JESÚS Y LOS RICOS.(Mc 10,17-30). “Que me importa ganar diez, si sé contar hasta tres.”(Canción popular).

 
 

Pbro. Salvador M. González M. SNSJ

 El tema de la riqueza siempre ha sido un punto de controversia entre los cristianos. ¿Será posible ser cristiano y rico a la vez? La experiencia nos muestra que hay muchos hombres muy ricos que se dicen cristianos; es más, en algunos momentos de la historia nos hemos encontrado con una Iglesia muy rica. ¿Cómo, pues, compaginar esta actitud de los cristianos y aquellas palabras de Jesús:  “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios…!”  “Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que ha un rico entrar en el Reino de Dios!”  (Mc 10,25).

 En este punto la doctrina de Jesús siempre ha sido muy clara: “No pueden servir a dos señores… No pueden servir a Dios y al dinero”  (Mt 6,24). ¿Qué querrá decirnos Jesús con semejantes palabras? ¿Será la voluntad de Dios que los cristianos vivamos en la miseria y que no poseamos bienes materiales? Y entonces ¿Cómo compaginar la idea veterotesmentaria de que la bendición de Dios se manifiesta precisamente en la abundancia de bienes materiales?

 Para Jesús las cosas materiales son buenas y los hombres deben disfrutarlas como un regalo de Dios (de hecho el Evangelio nos dice que él mismo así lo hace). Es precisamente por esto por lo que Jesús condena brutalmente a los ricos y maldice a los hombres que acaparan y poseen más  de lo que necesitan para vivir mientras que hay hermanos suyos que mueren de hambre. En su proclamación del Reino Jesús anuncia la desaparición de la pobreza, el dolor, del llanto del hombre. Poseer bienes de sobre mientras que hay hermanos que mueren de hambre es un atentado contra El Reino de Dios. En este sentido la parábola del rico y el pobre Lázaro es muy iluminadora (cf. Lc 16,19ss).

 La riqueza despierta en nosotros la necesidad insaciable de tener más y más… El Divino Maestro ha visto con profundidad que la riqueza fácilmente ahoga en el hombre los deseos de libertad, justicia y fraternidad que nacen desde lo más profundo de nuestro corazón. La experiencia nos muestra que la riqueza endurece a los hombres y los insensibiliza a las necesidades de los demás. Y lo que es peor, hay algunos que son capaces de matar con tal de poseer los bienes del prójimo (pensemos por ejemplo en los asaltantes, secuestradores, narcos, etc.). Es por eso que Jesús señala que aunque el rico viva una vida piadosa e intachable, algo esencial le hace falta para entrar en el Reino de Dios. Algo falla en nuestra vida cristiana cuando somos capaces de vivir disfrutando y poseyendo más de lo necesario, sin sentirnos interpelados por el mensaje de Jesús y las necesidades de los pobres.
 La comunidad cristiana primitiva así lo entendió como lo testifica el evangelio apócrifo de los nazarenos en su versión de este pasaje: “Le dijo el segundo de los hombres ricos: Maestro ¿Qué he de hacer para vivir? El le dijo: Haz lo que está mandado en la Ley y los Profetas. El otro respondió: Ya lo he hecho. El le dijo: Entonces ve, vende lo que posees y repártelo a los pobres y sígueme. Entonces el rico comenzó a rascarse la cabeza, pues no le gustó nada en absoluto. Y el Señor le dijo: ¿Cómo puedes decir: he cumplido lo que está en la Ley y los Profetas? Pues en la Ley está escrito: Debes amar a tu prójimo como a ti mismo. Y mira: muchos de tus hermanos, hijos de Abraham, van cubierto con harapos inmundos y mueren de hambre, mientras tu casa está cubierta de bienes, y no sale nada de ella para ellos”.

 El ideal cristiano es poseer sólo lo necesario para vivir con dignidad (eso es lo que pedimos a Dios cuando rezamos el ‘Padre nuestro:’ “Danos hoy nuestro pan de cada día”). No podemos considerarnos auténticos cristianos si somos capaces de poseer más de lo necesario sin sentirnos interpelados por la pobreza de nuestros hermanos.

 “Entonces, ¿Quién podrá salvarse?” exclamaron los discípulos. “Es imposible para los hombres, respondió Jesús, más no para Dios. Para Dios todo es posible.”  Con esto no quiere decir Jesús que Dios puede hacer que un rico entre con su riqueza al cielo, sino que puede cambiar el corazón del hombre para que comparta su riqueza con los pobres. De hecho, en la comunidad primitiva, todos compartían sus bienes y entre ellos ninguno pasaba necesidad (Act. 4, 32-37). El ideal del Reino era una realidad.

 El Evangelio de hoy viene a cuestionarnos sobre nuestra actitud ante los bienes de este mundo. Ojalá, que a diferencia del joven rico, nosotros sí estemos dispuestos a seguir a Jesús por el camino del amor y de la solidaridad y a comprender lo que la sabiduría popular ha hecho canción: “Para qué quiero tener diez, si sólo sé contar hasta tres.”  En realidad son muy pocas cosas las que necesitamos para vivir. Cuando entendamos esto habremos adquirido la sabiduría de la vida y las puertas del Reino estarán abiertas para nosotros.

XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, “B” (Sab 7, 7-11; Sal 89; Hbr 4, 12-13; Mc 10, 17-30)

 
 

P. Ángel Moreno de Buenafuente.

LA VERDADERA SABIDURÍA
¿Quién no desea acertar en la vida? Es una pregunta que se plantea no solo en el momento de escoger una carrera o elegir un trabajo; es, sobre todo, la cuestión esencial al optar por la forma de vida que identifique la propia historia, aunque, por distintos motivos, a lo largo de la existencia cabe replantearse la opción. A veces se hace por haber caminado de manera errada y en otros casos por tentación, cuando se pasa alguna dificultad o crisis.

Se acercó un joven al Señor: -«Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» (Mc 10, 18) Es la pregunta existencial más importante. Quizá no es la preocupación más habitual entre nosotros, por estar inmersos en los afanes de este mundo, pero en definitiva debería ser lo que más nos importara.

Suelo afirmar, cuando acompaño a alguien en algún discernimiento, que la opción de vida no es un proyecto, sino una obediencia. El camino que debemos recorrer no debería responder a nuestra imaginación o deseos, sino a la llamada recibida, a la voluntad de Dios. De aquí lo importante que es conocer la vocación personal contrastándola con la Palabra de Dios, los signos y acontecimientos, la mediación objetivadora, con la ayuda de la oración y la súplica al Espíritu Santo.

Para conocer el querer de Dios para cada uno, la lectura de hoy nos aconseja recurrir a la oración: “Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría” (Sb 7,7). El salmista incide en lo mismo, y en la misma clave pide el don de la sensatez: “Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato” (Sal 89).

Tengo la seguridad de que Dios no oculta su voluntad al que quiere llamar para sí. “Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas” (Hbr 4, 13). Y no puede permitir que estemos vocacionados para algo que Él desee de nosotros, y no lo descubramos.

Puede suceder, que no obstante que seamos consciente de la llamada y nos dé pereza seguirla, o estemos afectados por otras realidades y tengamos miedo a la radicalidad. Jesús respondió a los discípulos: -«Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más-casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones- y en la edad futura, vida eterna.» (Mc 10, 18.29-30).

La razón de seguir la llamada no debiera ser la especulación del ciento por uno. Jesús, sin embargo, conoce nuestra naturaleza, y sabe lo que nos cuesta fiarnos de lo que no vemos. Pero es seguro que quien se fía de Él no quedará defraudado, no solo por heredar la vida eterna, sino en este mundo.

Atrévete a seguir a Jesús en aquello que creas es de su agrado, aunque te cueste.

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, “B” (Gn 2, 18-24; sal 127; Hbr 2, 9-11; Mc 10, 2-16)

 
 

P. Ángel Moreno de Buenafuente.

CREADOS A IMAGEN DE DIOS 

Siempre me parece extraño que el Creador se dé cuenta, después de crear al hombre, de su necesidad de que lo colocara en medio del jardín y de que le encomendara la tarea de poner nombre a las cosas y de relacionarse con otro ser semejante. Y Dios, al ver que Adán se aburría y que estaba triste, dice, según el texto bíblico: -«No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude» (Gn 2, 18).

Sin duda que estamos ante uno de los pasajes más ricos para introducirnos en el estudio de la antropología, pues nos revela el anhelo insaciable del corazón humano en relación con su sed de amor y su necesidad de ser amado.

La biología marca una ley complementaria, que se realiza en el trato del varón y de la mujer. “Al principio de la creación, Dios “los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.” (Mc 10,9; Mt 19,6)

La Biblia consagra la relación matrimonial como vocación sagrada. De tal forma que cuando Dios quiere revelar a su pueblo el amor que le tiene, tomará la imagen de los esponsales, como la más próxima a la verdad del amor divino: “Dios es amor”. “Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa” (sal 127).

Sin embargo, teniendo en cuenta la afirmación del autor de la Carta a los Hebreos – “Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte” (Hbr 2, 9)-, desde la afirmación que leemos  en el relato bíblico de la creación, de que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, siendo el rostro del Hijo único de Dios el modelo en el que se fijó el Creador para hacer al ser humano, cabe intuir que la soledad que experimentó Adán no era por error divino, sino huella de la imagen del que elevado en la Cruz no tiene otra relación posible que su Padre.

El matrimonio es expresión del amor divino, pero a su vez, las relaciones humanas dejan experimentar el límite de la soledad, que no puede complementar ni la tarea de poner nombre a las cosas -ejercicio de dominio-, ni la alteridad semejante. Solo Dios es complementariedad gozosa y plena.

En la soledad del primer hombre se detecta la razón de la experiencia agustiniana: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Y de la enseñanza teresiana: “Solo Dios basta”.

XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. (Núm 11, 25-29; Sal 18; Sant 5, 1-6; Mc 9, 38-43, 45. 47-48)

 
 

P. Ángel Moreno de Buenafuente.

EL AMIGO DEL ALMA
Dios hizo al hombre a imagen suya, del polvo del suelo y del aliento divino. Todo ser humano guarda en su interior la semejanza con su Creador. Por el bautismo, se nos regala el don del Espíritu, que nos permite invocar a nuestro Hacedor como Padre.

El Espíritu del Señor se derrama sobre el corazón de los fieles con el don de Sabiduría, y va haciendo Amigos de Dios y profetas. De muchas maneras se manifiesta en las criaturas la fuerza de lo alto, en algunos casos con dones especiales.

Una prueba de que el don es del Espíritu es si se manifiesta con humildad. De aquí la oración del salmista: “Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine” (Sal 18). Porque cabe el riesgo de engreírse por los dones que no vienen de nosotros, sino que nos los ha dado Dios para servicio de los demás.

Las lecturas de este domingo nos sorprenden con la revelación de la acción del Espíritu, no solo sobre quienes oficialmente se presentan como ministros ordenados, sino sobre el pueblo de Dios, y no solo sobre quienes están bautizados, sino sobre todas las personas de buena voluntad.

Jesús, dice a los apóstoles ante su alarma al enterarse de que personas que no son del grupo de los discípulos oficialmente manifiestan dones especiales: -«No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro” (Mc 9, 38-43).

Algo semejante sucedió en tiempo de Moisés, cuando reposó el Espíritu de profecía sobre los que estaban en la tienda del encuentro, y también sobre quienes no estaban. Alguno pensaba que eso no debía consentirse, pero Moisés respondió: -«¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!» (Núm 11, 27-29).

Demasiadas veces quienes pertenecemos a la Iglesia podemos reaccionar a la manera de los discípulos, como si tuviéramos el monopolio del Espíritu. En los tiempos apostólicos, san Pedro se sorprendió de que personas no bautizadas actuasen sin embargo movidas por el Espíritu Santo.
Curiosamente, cuando Israel estuvo deportado y vivió el exilio de Babilona, fueron reyes paganos los que decidieron restaurar el templo de Jerusalén y posibilitar el retorno de los israelitas.

Por la enseñanza que hoy nos ofrece el mensaje revelado, debemos abrirnos a la esperanza, porque la Iglesia la dirige el Espíritu del Señor. El axioma evangélico: “El que no está contra nosotros está a favor nuestro”, nos debe infundir ánimo, porque hay muchas personas de buena voluntad, generosas, serviciales, solidarias, buenas, que manifiestan, aunque no lo sepan, la presencia del Espíritu en ellas.