¿El toreo es contrario a la enseñanza de la Iglesia Católica? Esto dice sacerdote

, 11 Jul. 22 (ACI Prensa).-
La tauromaquia, la fiesta de los toros o, como se conoce en España, la fiesta nacional, es criticada desde hace años por grupos animalistas que se postulan como defensores de los supuestos derechos de los animales. Pero, ¿es una práctica reñida con el cristianismo?

El sacerdote Antonio Romero Padilla, párroco de San Martín de Tours en la localidad sevillana de Carrión de los Céspedes, es además, cofrade, rociero y aficionado a la tauromaquia. 

Consultado por ACI Prensa, el P. Romero se muestra claro en la cuestión sobre la compatibilidad de la tauromaquia con la doctrina cristiana: “Los toros no son un espectáculo pagano, sino uno profundamente creyente y cristiano”.

Este es el motivo por el que, a su juicio, “ha pervivido en la cultura más católica y más cristiana del mundo que es la española”. 

No en vano una buena parte de la simbología y las tradiciones en el mundo de los toros están relacionadas con la fe. Así, se bendicen los toros antes de los espectáculos “como una muestra de mostrar el señorío de Dios en la Creación”. 

“El poderío de la vida solo lo tiene Dios”, señala el sacerdote, pero en los encierros, las corridas o las capeas “se le concede de forma excepcional a este animal, por su bravura y su categoría, un dominio que solo tiene el hombre” en la Creación, concluye.

Otra muestra de la religiosidad presente en la tauromaquia es que es costumbre que los mozos que corren los encierros más reconocidos en el mundo, los sanfermines de  Pamplona, recen al santo patrón de Navarra pidiendo su intercesión. 

Cada mañana de encierro, antes de soltar a los toros que recorren las calles al galope, se entona: “A san Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en este encierro, dándonos su bendición”.

También es costumbre que los toreros se retiren a una pequeña capilla presente en las plazas, atendidas por un capellán, minutos antes de comenzar la corrida.

El P. Romero habla con delicadeza de ese momento íntimo: “En ese ratito de la capilla, tan íntimo y tan profundo, el torero se siente débil y al mismo tiempo divino. Extasiado y a la vez menesteroso”. 

Este recogimiento está conectado con el respeto que, en general, se le profesa al capellán de la plaza por parte de los espadas, picadores y subalternos. “Especialmente cuando tratan con la muerte tan cerca, cuando su guadaña perfila el viento, como sus capotes y muletas”, incide el presbítero.

No es infrecuente además que tanto los toreros como los miembros de sus cuadrillas luzcan detalles con motivos religiosos en sus capotes de paseo, en sus trajes de luces o sobre sus corbatas. 

Es corriente que lleven incluso una estampa de alguna advocación de la Virgen o santo de su devoción dentro de la montera y que se santigüen al comenzar el paseíllo o antes de que asome el morlaco por la puerta de chiqueros. 

“Las estampas no dejan de ser mediaciones humanas” hacia lo divino, que hacen más evidente “el sentido de trascendencia y el dogma de la Encarnación del Hijo de Dios, que ha hecho sagrado todo lo humano” presente en la cultura religiosa católica, aclara el presbítero.


Imagen de una Virgen en la espalda de la chaquetilla de un picador. Crédito: Patricia Domínguez. 

El toreo y el quinto mandamiento

En ocasiones, se esgrime como argumento contra la fiesta de los toros el precepto divino “no matarás”, quinto del decálogo entregado por Dios al pueblo de Israel en el monte Sinaí. 

El P. Romero aclara en primer lugar que este mandamiento “se refiere a la persona” y que, en su opinión, “el torero expresa la verdad de fe tan grande que es que la dignidad sagrada de la vida humana es radicalmente diferente a la de todas las criaturas”. 

Ante esto, se puede alegar que tal vez haya algo de riesgo innecesario para los toreros en la tauromaquia que sí pueda contradecir el “no matarás”. 

Sin embargo, el sacerdote español subraya que “el torero no es un temerario”. Y, en su calidad de aficionado, defiende que “el riesgo innecesario no se corresponde con la grandeza y la belleza profunda del toreo”, aunque reconoce que en esto hay escuelas de aficionados con opiniones diversas.

“Cuando hay mucho riesgo en el toreo, es que no se está haciendo bien”, insiste el presbítero, que matiza que, en todo caso, hay otras profesiones en las que también hay riesgo para la vida. 

“Porque la vida es riesgo y el quinto mandamiento no va en contra de la vida. La muerte forma parte de la vida. Hermana muerte, decía San Francisco. Quizás, sólo la escuela del dolor y la muerte, decía que el toreo lo es, nos hace la obra de caridad de enseñarnos el valor precioso de la vida y más en estos tiempos”, añade.

Tauromaquia y cuidado de la Creación

La preocupación por el cuidado del medio ambiente, es patente. Y, también desde este punto de vista, se ha criticado la muerte litúrgica y festiva del toro bravo en las plazas. 

¿La tauromaquia perjudica en algo el cuidado de la Creación? 

“El mundo de hoy necesita que un cristiano, un aficionado a la fiesta haga ver que el toro nos ofrece una respuesta sensata y equilibrada” a la cuestión sobre el discurso conservacionista o referido al cuidado de la casa común, explica el P. Romero. 

“El toreo nos enseña a cuidar la Creación”, insiste el sacerdote, porque “no hay quien viva como el toro; años y años en el campo, con tantas atenciones y mimos”. Y, argumenta, “sin fiesta nacional, no habría toro. Y sin toro, no habría dehesa. Y sin dehesa, se produce un desequilibrio ecológico”.

Al tiempo, el P. Romero señala la hipocresía de nuestro tiempo en este ámbito: “La sociedad de hoy nos dice que podemos matar personas (aborto, eurtanasia, etc.), pero en cambio cuando se trata de animales, nos pone en el punto de mira…”

¿La Iglesia Católica prohibió los toros?

Si las explicaciones expuestas hasta ahora no convencen, es posible que alguien esgrima el argumento de que la Iglesia ya prohibió los toros y que por qué no lo hace otra vez. 

En efecto, San Pío V promulgó la bula “De salutis gregis dominici” en el año 1567 en la que se define a “esos espectáculos en los que se corren toros” como “propios no de hombres, si no de demonio”.

La bula establecía además excomunión para los príncipes, reyes o emperadores que permitieran su celebración y prohibía que nadie se enfrentara “con toros u otras fieras” ya fuera a pie o a caballo. También tenían prohibido el acceso a estos espectáculos los clérigos. 

El P. Romero explica que, siendo San Pío V, “un Papa santo, de carácter y que tuvo que afianzar la doctrina en tiempos muy difíciles”, los pontífices sucesivos fueron matizando lo previsto en esta bula hasta que Clemente VIII a finales del siglo XVI volvió a permitir la tauromaquia con indicaciones para que no se celebraran en días festivos y se procuraran medidas para evitar muertes humanas. 

Es conocida la oposición de Felipe II a esta disposición papal. “Mediante su embajador, el emperador español hizo saber al Papa que en lo que sea del credo y cuestiones de fe, el Rey de las Españas se hinca de rodillas ante su Divina Majestad y ante el Vicario de Cristo en la tierra”, pero que en las cuestiones temporales “el Rey de las Españas informa a Su Santidad que tiene solo que rendir cuentas ante su Divina Majestad”, recuerda el P. Romero. 

Esta postura de separación del orden divino y temporal es la que, siglos después, se reconoció en el Concilio Vaticano II, muy en especial en la constitución Gaudium et Spes. 

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